Estimados dirigentes del G7, el G20, el BRICS y de todas las naciones,
Les dirigimos estas palabras juntos, desde Ginebra y Brasilia, con una convicción común: que lo que empezó debe concluirse y ustedes pueden contribuir a ello.
Empezamos por evocar no una institución o un anexo, sino un recuerdo que el mundo entero comparte. No hace mucho, nuestros hospitales estaban desbordados. Las familias se despedían de sus seres queridos a través de un cristal, o por teléfono, o no podían despedirse. Los nietos perdieron a sus abuelos. El personal médico y de enfermería, exhausto hasta límites más allá de lo razonablemente exigible, siguió adelante de todos modos. Según las estimaciones de la OMS y otros se calcula que se perdieron hasta 20 millones de vidas. La humanidad se prometió a sí misma, en la crudeza del duelo, no volver a vivir jamás una situación así sin prepararse.
Hace poco más de un año, el mundo cumplió la primera parte de esa promesa. Tras la pandemia más mortífera en un siglo, las naciones del mundo eligieron cooperar en lugar de dividirse y adoptaron el Acuerdo de la OMS sobre Pandemias con objeto de fortalecer la colaboración entre países para prevenir las pandemias y prepararse y responder a ellas. En un mundo dividido, era un desenlace que no podía darse por sentado. Fue un acto de esperanza y de confianza mutua. Ahora les escribimos porque esa esperanza aún no se ha cumplido y está en sus manos contribuir a que sea una realidad.
Queda una sola pieza. Para responder a tiempo a futuras pandemias, los países deben poder detectar rápidamente los patógenos con potencial pandémico y compartir la información y materiales genéticos para que los científicos puedan desarrollar las herramientas adecuadas: pruebas, tratamientos o vacunas, esenciales para garantizar la supervivencia. El sistema que lo hace posible, de forma justa y en pie de igualdad, es el anexo sobre el acceso a patógenos y participación en los beneficios. Es la última pieza del rompecabezas, no solo para el Acuerdo sobre Pandemias, sino para todo lo que la OMS y los Estados Miembros han construido a partir de las duras enseñanzas derivadas de la COVID-19. Hasta que no esté finalizado, el Acuerdo no puede entrar en vigor. Y la promesa sigue sin cumplirse.
No pretenderemos que ha sido un camino de rosas. Cuando los Estados Miembros clausuraron su última reunión el primero de mayo, habían logrado verdaderos progresos, pero acordaron que se necesitaba más tiempo. Las preguntas más espinosas, por ejemplo definir los beneficios derivados de los patógenos compartidos y la participación en tales beneficios, la gobernanza del sistema y garantizar la equidad en pie de igualdad, son las más difíciles por una razón concreta: son justamente las que no tuvieron respuesta la última vez, cuando muchas personas que podrían haber estado protegidas quedaron sin protección. Son preguntas que aún se debaten con encono precisamente porque importan mucho.
Los negociadores se reunirán de nuevo del 6 al 17 de julio. Confiamos en ellos y hemos constatado de cerca su dedicación. Pero también sabemos que hay momentos en que las buenas personas, que dan lo mejor de sí mismas en torno a una mesa de negociación, necesitan que sus dirigentes alcen la mirada hacia el horizonte. Este es uno de esos momentos y les corresponde a ustedes.
Por ello acudimos a ustedes, abiertamente, con tres peticiones.
En primer lugar, voluntad política al más alto nivel. Los problemas pendientes no se resolverán solamente con medidas técnicas. Requieren una señal clara que solo un jefe de gobierno puede dar: que finalizar este anexo es una prioridad nacional y que los negociadores que ustedes envíen pueden alcanzar el consenso con valentía más que con cautela. La solidaridad es nuestra mejor protección, pero es una opción que debe elegirse, y debe partir de arriba. También sabemos que quizá se les pregunte si el Acuerdo sobre Pandemias compromete la soberanía estatal. No es así y el anexo PABS, como parte integral del Acuerdo, tampoco la comprometerá. El párrafo 2 del artículo 22 es meridianamente claro: nada en el Acuerdo otorga a la OMS autoridad alguna para dirigir o alterar las leyes o políticas de un país, ni para exigir medidas como confinamientos, restricciones a los viajes o mandatos de vacunación. Esas decisiones siguen en manos de los estados soberanos. Así pues, les pedimos, concretamente, que den instrucciones a sus negociadores para que acudan a la reunión de julio preparados para concluir la labor y que les den flexibilidad para colmar las lagunas que quedan y finalizar el anexo en esta ronda.
En segundo lugar, espíritu de equidad. El Sistema PABS se basa en un trato sencillo y justo: quienes comparten patógenos peligrosos rápidamente deben poder confiar en que las vacunas y tratamientos derivados de ese intercambio también llegarán a su población. Cada uno de nosotros tiene interés en ambos bandos. Cuando el Brasil asumió la presidencia del G20 en 2024, llevó al Grupo a reconocer, por primera vez, que la desigualdad propicia las pandemias. No se trata de beneficencia y no es solamente concienciación. También es estrategia: el Sistema PABS tiene por objeto detener los brotes en su origen y es mucho más económico, en vidas y recursos, contener una amenaza al principio que luchar contra una pandemia cuando ya se ha extendido a todos los continentes. Un virus que queda suelto para difundirse en cualquier parte acabará, con el tiempo, por extenderse por doquier. La equidad importa también por otra razón, una razón que los gobiernos e industrias de todo el mundo comprenderán de inmediato: la previsibilidad. Actualmente, las reglas para acceder a un patógeno y compartir los beneficios que pueden derivarse de él se improvisan caso por caso, a menudo en plena crisis. El Sistema PABS, en cambio, ofrece un marco único conocido de antemano y reglas estables que permiten a laboratorios y asociados de todo el mundo moverse a la velocidad que exige un brote. La seguridad jurídica no compite con la equidad; hace que la equidad funcione. Les pedimos que velen por que las disposiciones operacionales del anexo, y no solo el preámbulo, incluyan la equidad, para que el acceso y la participación en los beneficios queden garantizados en la práctica.
Por último, sentido de urgencia. La próxima pandemia no nos esperará. Los científicos estiman que hay casi una probabilidad entre cuadro de que haya otra pandemia en la próxima década, y los cimientos sobre los que se asientan nuestras viejas suposiciones se desmoronan. El cambio climático, los usos cambiantes de la tierra y la evolución de la agricultura redibujan el mapa de los lugares donde surgen patógenos peligrosos; la cómoda creencia de que los brotes solo comienzan en lugares lejanos ya no es cierta y en el futuro pueden surgir focos en sus propios países o cerca. Al mismo tiempo, los avances en biotecnología, acompañados de forma desigual por la bioseguridad, aumentan el riesgo de liberación accidental o deliberada. Ninguno de estos peligros respeta fronteras. Por ello les pedimos que consideren el 17 de julio como una fecha límite, no como una etapa, y que lo digan públicamente, a fin de enviar a sus negociadores y al mundo la señal inequívoca de que la labor debe finalizar en esta ronda.
Y ya conocemos el precio de no prepararse. La última pandemia se cobró vidas a una escala abrumadora: según las estimaciones de la OMS y otros se perdieron hasta 20 millones de vidas y el Fondo Monetario Internacional estima que la pandemia costó a la economía mundial más de 13 billones de dólares en pérdida de producción, una pérdida que todos los países soportaron, con negocios cerrados, cadenas de suministro rotas y una generación cuya escolarización quedó interrumpida. Contra todo ello, la inversión en un sistema que detecta los brotes a tiempo es mínima. Mientras escribimos estas palabras, varios equipos de respuesta, que arriesgan su propia vida para proteger a desconocidos, combaten un brote de ébola en dos países, sin vacuna aprobada ni cura. No es una abstracción lejana. Está ocurriendo ahora mismo. Cada mes sin terminar el anexo es un mes en que el mundo está menos preparado de lo que podría estar y los pueblos están menos seguros de lo que merecen.
Las naciones del mundo se han unido en cada gran punto de inflexión de la historia de la salud humana. Juntos contribuimos a eliminar la viruela de la faz de la tierra. Empujamos la poliomielitis a los márgenes de la historia. Frenamos la marea del VIH, la tuberculosis y el paludismo, y con ello ayudamos a salvar más vidas de las que cualquiera de nosotros podrá contar jamás. Concluir este Acuerdo no supone apartarse de ese legado. Es el siguiente capítulo lógico y está a nuestro alcance.
Hicimos una promesa a los millones de personas que perdieron la vida y a las familias que aún lamentan su ausencia. Seamos la generación que cumple esa promesa. Concluir este Acuerdo, a través de un compromiso común y mutuo, es nuestra promesa colectiva de proteger a la humanidad. Mantengamos la promesa juntos y a tiempo.
Con todo nuestro respeto y la causa común de proteger la vida humana,
| Luiz Inácio Lula da Silva Presidente República Federativa del Brasil | Dr. Tedros Adhanom Ghebreyesus Director General Organización Mundial de la Salud |
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